7 "consejos" para el bloqueo

miércoles, 23 de agosto de 2017

"No puedo escribir. Tengo un bloqueo y cada vez que abro el documento de Word, me quedo en blanco, ¡como el documento...!" Si te has dicho algo parecido es que eres escritor. Te frustra porque quieres escribir pero no puedes o en realidad no lo quieres tanto. ¿Puedo ayudarte? Quizá. Yo solo os digo lo que a mí me suele funcionar. 

¿Qué puedo hacer cuando no puedo escribir? me preguntaréis (seguramente no así que me lo pregunto yo a mí misma). Bien. Fácil pregunta, fácil respuesta.

1. Escribir a mano. Muchas veces el ordenador nos satura. Cuando yo pongo en funcionamiento esta técnica, las palabras salen casi solas. ¿Qué ya escribís a mano? Pues probad en el ordenador a ver qué tal.

2. Figther’s Block. Una página en la que podéis sentiros como héroes mientras escribís. Sois un personaje y tenéis que derrotar al monstruo (el bloqueo) con el número de palabras que consideréis correcto (¿qué son 500? Pues 500. ¿Qué son 100? Pues 100) Tú y solo tú pones el límite. Además, es gracioso ver cómo el monstruo va desapareciendo lentamente hasta que lo vences (en teoría, se pueden ir desbloqueando personajes y monstruos juju). Para mí, el único problema es que me pone un poco de los nervios. Estoy tensa mientras escribo y la verdad no me gusta demasiado esa sensación. Así que solo lo utilizo cuando es un bloqueo muy grande.

3. Escribe en otro sitio. Un parque, la playa… Elige otro lugar que no sea tu espacio habitual de trabajo. Muchas veces, escuchando conversaciones ajenas (es imposible no escucharlo, hay mucha gente que grita…), se te ocurren ideas buenas con las que continuar una historia. ¿Por qué no intentarlo?

Cuando pones en práctica el consejo y recuerdas
que te da vergüenza escribir en público

Vale. Pongamos la situación más difícil. Imaginemos que no podéis escribir porque NO sabéis qué escribir. También tengo algunas ideas para ese tipo de  problemas.

4. Elige una canción. Escucha tu canción preferida (o una que odies o neutral...), mira la letra. Ahora escribe una historia basada en esa canción, lo que te trasmite o lo que la canción va contando. Suelo hacer mucho esto porque me inspira bastante. Así que os animo a intentarlo. (Aquí dos ejemplos de la misma canción. O'children de Nick Cave: "Él la esperó" y "Pero ahora soy libre")

5. Elige tres palabras. Lo más típico. Pídele a alguien que te diga tres palabras o búscalas de otra manera, lo que sea. El caso es tener tres (o más. Las que quieras. Infinitas) y montar un relato donde estén incluidas. Una manera fácil de eliminar el bloqueo y practicar la escritura.

Este gif no está relacionado. Es solo publicidad subliminal.
VIVA HAMILTON

6. Coge un libro. Podéis pensar que estoy recomendando que leáis (que también. A veces eso ayuda a desbloquear un poco el cerebro). Pero no. Lo que me refiero es que cojáis un libro que ya habéis leído, lo abráis por una página aleatoria y elijáis una oración (de un diálogo suele ser mejor). Ahora creáis un relato donde aparezca la oración que habéis elegido. Puede aparecer al comienzo, en mitad, en un diálogo o al final, la imaginación la ponéis vosotros. (Los llamados #writingprompts me ayudan mucho con los relatos. Aquí ejemplo reciente: El día de la boda

7. Reescribe un cuento. Lo sé. Lo sé. Está muy visto pero los cuentos no han sido contados desde nuestro punto de vista. ¿Cómo sería la Bella Durmiente si lo contáis vosotros? ¿Blancanieves?  ¿La sirenita? Bueno, podéis intentarlo. Tenéis la base, solo necesitáis pensar cómo os hubiese gustado que fuera la historia. (Yo ya lo he intentado: A mí manera)

Y hasta aquí puedo leer. No existe una fórmula mágica (yo sí la tengo pero no os la voy a dar porque soy malvada muajajajajacofcof). Pero espero que alguna de estas (conociéndolas o no) os ayuden a la hora de romper el bloqueo (y si no, lo siento mucho de verdad)  

Nos vemos en la próxima aventura (?) 

El día de la boda #WritingPrompts

miércoles, 16 de agosto de 2017


Describe una boda desde tres puntos de vista diferentes

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Una mañana llena de nervios. Mi madre llorando. Mi tía riendo mientras la copa de su mano se vaciaba con rapidez. Mi padre escondido en el baño y mi hermano correteando por la sala como el pesado que solía ser (costaba creer que ya tenía la edad física de un hombre hecho y derecho).

Jamás pensé que el día de mi boda iba a ser tan ajetreado desde el minuto cero. Yo no podía ver a mi pre-marido y necesitaba urgentemente comentarle todas las dudas que me acechaban la cabeza.

Mientras mi madre me repetía lo bonito que era mi peinado, marqué su número, era uno de los pocos que me acordaba de memoria. No me hacía falta mirarlo en ninguna agenda para poder llamarle.

¿Nerviosa? su voz me relajó más de lo que nunca llegaría a admitir.

A punto de vomitar le respondí mientras mi familia seguía gritando en el fondo.

Menuda fiesta tienes montada ahí

Te echo de menos solo necesitaba que lo supiera. No quería que él estuviera consciente de nada más, ni de mis dudas ni de mis miedos.

Todo irá bien, te lo prometo.

Cómo no, él me conocía demasiado. Sabía lo que me hacía falta en cualquier momento. Le adoraba por ser capaz de leerme la mente sin siquiera proponérselo. Por eso estaba a punto de casarme con él. Todas esas dudas que parecían invadir mi mente, fueron desapareciendo poco a poco. Aunque los nervios fueron en aumento.

Cuando me vi con el vestido puesto, no pude evitar llorar. No sabía por qué estaba tan emotiva aquel día. Que toda mi familia me mirase con una extraña cara en el rostro no ayudaba para nada.

Poco a poco, fueron dejándome sola en la sala, me dejaron con mis pensamientos y mis preocupaciones. Mi hermano se quedó unos segundos en la puerta, mirándome. Suspiró y se acercó para cogerme de los hombros y mirarme a través del espejo. Hacíamos una muy buena pareja de hermanos. Él era uno de los hombres más importantes de mi vida.

Estás guapísima, pequeñaja sí, era mi hermano mayor. Nadie sabe la suerte, la alegría que es de tenerte como hermana, como amiga…

Le sonreí mientras él me apartaba un mechón rebelde del rostro. Era un pesado, me hacía chinchar como cuando teníamos cinco años pero era mi hermano. Le quería y no solo porque la sangre nos obligaba a sentirnos así el uno por el otro.

Se fue. Me dejó sola de nuevo y yo suspiré. Cogí el ramo de flores, me miré una última vez y salí de la habitación. Mi padre me esperaba y me extendió su brazo. Estábamos a tan solo unos minutos del gran desenlace. A unos minutos del final feliz. La música empezó a sonar en el interior de la capilla y las puertas por  fin se abrieron.


La novia apareció. No hacía más que pensar en el pecado que cometía día tras día. Los novios venían a mí, ilusionados, enamorados. Creían que la Iglesia era una tradición que se debía cumplir con los ojos cerrados. Estaban muy equivocados. Casarse por la Iglesia significaba casarse por amor a Dios, por ser reconocidos ante ÉL.

Y yo, como un tonto ciego, permitía que los ateos se convirtieran en creyentes por unos largos minutos. Era una pareja adorable, era una pareja buena. En sus corazones no había maldad, solo existía las ganas de amar, de comerse el mundo junto. ¿Qué pintaba yo en todo aquello si en sus vidas no existía la fe?

Los novios me miraron y yo les sonreí, transmitiéndoles la seguridad de la que carecían. Aquel día iba a hacer algo impropio de mí. Habían visto una gran cantidad de películas comerciales e iba a darle lo que de verdad querían. Solo para que Dios viera que la farsa que montaba todos los días no era en su nombre. Ellos no buscaban la paz en sus brazos, ellos solo querían una decoración elegante y una fiesta inolvidable. Eso era lo que tendrían.

Di comienzo a la pequeña farsa misa.



Mi corazón palpitaba con violencia. Apreté mis manos y agaché la vista, como si realmente estuviera escuchando al párroco. Era increíble que aquello estuviera sucediendo. No me lo creía. ¿Por qué era tan egoísta? ¿Por qué siempre estaba dispuesto a arruinarlo todo?

Desde mi más tierna infancia se veía que no era buena persona. Me odiaba a mí mismo. Era incapaz de fingir felicidad, era incapaz de aceptar aquel matrimonio. Pero ya no había marcha atrás, ya era demasiado tarde para mí.

Por primera vez en años, debía comerme mi propia cosecha. Debía admitir que estaba amarga y que la odiaba. No sabría alimentarme de lo que yo mismo había creado: desprecio, odio, celos.

Ella siempre fue mejor. Ella era el ojito derecho, la dulce chica que lo hacía todo perfecto. Y yo la aceptaba tal y como era. Pero también era cierto que había robado todo mi protagonismo. Se había convertido en el personaje principal de mi propia vida. Ahora yo solo era un simple secundario. Yo sacaba notable, ella llegaba a casa con matrícula. Yo tenía un trabajo en una tienda, ella había obtenido el trabajo de sus sueños. Maldije el día en el que trajo a ese hombre a la cena familiar.

Lo tenía todo. Absolutamente todo. ¿Y yo? ¿Qué tenía? Un pequeño apartamento, un trabajo asqueroso y una soltería que duraba desde años atrás. Pero si estaba solo no era por puro gusto. No. Había más en mi interior que no quería admitir. Además de ser mala persona era otras cosas que aún no estaba dispuesto a decir en voz alta.

El día que conocí al novio de mi hermana. Mi vida cambió por completo. La tensión que se acumulaba cuando él estaba cerca, la nauseabunda actuación de que todo iba bien en su perfecta relación, me ponían enfermo. Todo era oscuridad desde entonces. Mi familia había hecho mi vida miserable. Ya no podía más.

Dejé que las lágrimas recorrieran mis mejillas sin descanso. Mi padre trató de apoyarme pero yo rechacé el abrazo bruscamente. No necesitaba consuelo. Ya no. Estaba harto de todo y de todos.

…que hable ahora o calle para siempre.

El párroco guardó silencio y yo le miré.  Nunca había oído esas palabras en una boda. Siempre había creído que era un mito de las películas para hacer más interesante ese momento. Era una señal. Era mi oportunidad. Me levanté y alcé mi voz.

─ Yo, yo me opongo.

Todos, incluidos mis padres, se sorprendieron de mi gesto. Me acomodé la chaqueta y di un paso hacia delante. Acercándome a la hermosa pareja. Le dediqué una mirada a mi hermana que esperaba que entendiera.  Lo sentía de veras pero hoy pensaba quitarle el protagonismo del día más importante de su vida. Solo para que me recordara con odio, para que no volviera a llamarme. Aunque la quería, debía hacer aquello por mí.

Porque no solo la quería a ella.


También estaba enamorado de él.
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Ahora te toca a ti. ¿Aceptas el reto? 

Siempre será Diciembre ~ Wendy Davies

miércoles, 9 de agosto de 2017

Lo sé. No suelo hacer "reseñas" (no sé cómo puedo llamar a esto) pero hoy me ha apetecido y aquí estoy. Espero que la disfrutéis (esta y las que puedan venir)

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Título: Siempre será Diciembre

Autora: Wendy Davies

Editorial: SM

Páginas: 302 

Fecha de inicio: 3 de agosto

Fecha de finalización: 5 de agosto

Sinopsis

Cuarenta segundos son suficientes para cambiarlo todo. 
Sam ha muerto. El mar se llevó sus secretos y ahora solo quedan mentiras y esa sensación de ahogo que todo lo envuelve. Samantha no es ella misma. Jay no sabe lo que hizo. Todos tienen algo que ocultar y cada día que pasa es una cuenta atrás. Mañana quizá sea tarde.

Opinión personal: ¿Quieres un secreto? No sé cómo empezar. No sé cómo decir algo sin que sea mentira porque las palabras se quedan cortas.

SamyJay... SamySamantha. Los conozco a todos incluso aunque uno de ellos esté muerto. Los conozco incluso antes de que ellos lo confirmen. Los conozco y sé que se han llevado un trozo de mi alma como los horrocruxes pero no estoy preocupada, sé que la cuidarán. 

No me esperaba menos de ellas. Este libro es solo algo más que añadir como punto positivo a su larga lista de pros y contras [no sé dónde están los contras pero los buscaré (Os he mentido, no lo haré)]. Esta historia es un grito de esperanza y de aprendizaje. Juegan con nuestros sentimientos, con nuestra ignorancia. 

La historia nos la presentan desde dos puntos de vista diferentes: Jay y Samantha. Es curioso como el primero le habla principalmente a Sam, su mejor amigo muerto, y la segunda nos habla a nosotros, nos mira a los ojos y nos dice que está llena de mentiras. Samantha no puede hablarle a Sam. No, porque él lo sabía todo y ella no sabía nada o quizá sí. 

El caso es que estas autoras no solo han jugado con las palabras sino también con su forma de presentarnos el relato. Han hecho que no omita lo que es obvio. Porque no soy valiente. Han hecho que grite. 
Grite.
Grite y mucho. 

Y sin siquiera poner exclamaciones en ninguna parte. A veces me han hecho susurrar. Y, por supuesto, me han hecho cantar, descubrir canciones que desconocía y cantarlas con él, con Jay. Y me han hecho preguntar: ¿Quién cojones soy hoy? ¿Hay algo más allá del sufrimiento? ¿Se acaba algún momento? Quizá no pero aprendemos a vivir con ello. Aprendemos a despedirnos como lo he hecho con este libro. No estoy lista pero ya se ha acabado, ha llegado a su fin y a mi me ha dejado tocada y hundida. Es hora de ponerlo en la estantería pero eso no quiere decir que lo olvide, ni mucho menos. 

Como siempre, los agradecimientos son mi parte favorita. Me encanta ver a quiénes se lo agradecen y esta vez me han hecho llorar. Vosotras dais las gracias pero, no sabéis, que yo os las doy a vosotras. Por dar vida a esta historia, por hacer que yo sea una más. Ya, ya, solo observo pero estoy en la historia, miro a Jay y a Samantha y sufro la pérdida de Sam incluso aunque no lo haya conocido en vida. 

Estas escritoras hacen magia con las palabras y creo que no son conscientes, no se dan cuenta del daño y la felicidad que causan. Por eso, y mucho más, gracias. 

Busca la frase: es fácil. Miramos el número de páginas que tiene el libro: 302. Ahora solo tenemos que dirigirnos a la página 30 y a la línea 2... Esto es lo que obtenemos: 


[...] siendo todas las veces en las que me gritaba con rabia que, 
aunque nos llamaran igual, nunca seríamos iguales.

Puntuación: me niego a ponerle nota a cualquier cosa. Los números están sobrevalorados. 

Playlist: Sí, he recogido todas las canciones que aparecen en el libro... 


La ciudad

miércoles, 2 de agosto de 2017

La ciudad está tan tranquila. Ni una sola nube cubre el cielo. Este tiene un extraño color anaranjado. El sol se está preparando para dormirse y se está despidiendo del mundo. A mí me sonríe, me acaricia con sus leves rayos y me pide que vaya junto a él. Es muy insistente. Pero ahora no le hago caso.

Sin mis gafas, todas las luces se difuminan y crean perfectas figuras geométricas, es como estar en una feria. Un lugar lleno de colores, de figuras y de risas. Un lugar donde la música está muy alta pero a penas lo notas.

Recuerdo cuando mi madre me llevó por primera vez a un sitio así. Ya era bastante grande. Mi vida era demasiado agitada como para centrarme en esos pequeños caprichos de la vida.

Recuerdo que le tiré de la rebeca y le señalé una de las atracciones. Ella sonrió mientras asentía y yo corrí a hacer cola, como los coches de mi ventana. Hacen cola para llegar a su destino. No sé cuándo he vuelto a la realidad pero parece que mi mundo se mueve.

Veo una extraña ciudad. No reconozco nada pero sé que he paseado por esas calles los últimos meses. Mi cabeza me odia por no saber hacia dónde nos dirigimos. Me muevo en el asiento, incómoda.

Alguien que no identifico está conduciendo y mi madre está sentada a mi lado, me coge de la mano, como si tratase de tranquilizarme, ¿de qué? Ella parece estar más nerviosa que yo. 

Una vez estábamos en un gran acantilado y yo me asomé al precipicio. Mi madre, rápidamente, se acercó y tiró de mí para apartarme del peligro.  Sus manos estaban menos arrugadas y las mías eran un pelín más pequeñas…Las dos éramos más jóvenes entonces.

Lo que realmente me pregunto es cómo he llegado a estar sentada aquí. Siento como… como si estuviera drogada. Una sensación de ir andando por las nubes. Las ruedas del coche deben ser de algodón de azúcar. Seguro que si muerdo la puerta sabe a galleta. No lo intento. No tengo fuerzas. Es extraño, yo soy muy hiperactiva. No puedo tomar café porque si no me pongo a pegar botes y no paro hasta la semana siguiente.

─ ¿Ma…mamá?

Qué extraño. Esa voz no ha sonado a mí. Pero sé que ha salido de mi garganta. La noto un poco seca. Intento carraspear pero solo me sale una tos. Mi madre aprieta más mi mano y yo alzo la cabeza.
Justo en ese momento, pasamos por una farola. El coche se para y mi madre parece que tiene una hermosa aureola. Como los ángeles. Ella es mi ángel. La que siempre ha estado a mi lado. En lo bueno. En lo malo. En lo regular. En lo salado. Y en lo dulce.

¿Qué acabo de pensar? Escucho cómo ella pide que vaya más deprisa, que pise el acelerador al máximo. Nunca ha sido una temeraria. Si antes de que me sacara el carnet me compró un casco por si acaso. “Puedes darte un golpe en la cabeza al entrar al coche”. Preocupada hasta por el más pequeño detalle.

Me paso la mano por mi costado derecho. Escuece por algún extraño motivo. Oh, acabo de encontrar una nube, me gustaría sentarme en ella. Coloco mi mano en la ventana del coche y la arrastro, como si pudiera sentir la suavidad de la nube. Pero espera, el cristal se tiñe de un extraño color. Me miro la palma. ¿Esto es…?

─ ¿Sangre?

Sé que lo pregunto en voz alta porque a mi madre se le cambia la cara. Incluso sin gafas puedo verla. Me acaricia la mejilla y después me tapa la herida. No recuerdo cómo ha acabado ahí.

─ Aguanta cariño, ya estamos cerca.

Mi madre deja escapar una lágrima que mancha mi mejilla cuando ella besa mi frente. Curioso. Muy curioso. ¿Alguna vez alguien se ha preguntado si las gotas que nos salen de los ojos son curativas? Sin dudarlo debe ser eso por lo que mi respiración es mucho más relajada.


La ciudad está tranquila. Tan tranquila que no escucho ni los pitidos, ni las motos a todo gas, ni el griterío. Ni a mi madre. Nada. No hay ni una sola nube que cubra el cielo. Este tiene un extraño color anaranjado. El sol se está preparando para dormirse y se está despidiendo del mundo. A mí me sonríe, me acaricia con sus leves rayos y me pide que vaya junto a él, como tantas veces ha insinuado. Y creo que hoy, por fin, estoy dispuesta a acompañarle. 

Pensamiento #7

miércoles, 26 de julio de 2017

Estamos acostumbrados a caernos con una mano levantada. Estamos casi totalmente seguros de que habrá alguien para cogernos de la mano y evitar tan dolorosa caída. Esperamos que ocurra y, cada vez que nos tropezamos, no solo nos llevamos el dolor físico si no también la terrible decepción que conlleva el averiguar que esa persona no te ayuda. 


Desde el suelo, vemos cómo esa persona se agacha, ladea la cabeza y nos sonríe. Pregunta si estamos bien. Y nosotros le respondemos que sí, que siga su camino, que ya la alcanzaremos. La vemos marchar y, después de varios minutos llorando, volvemos a levantarnos. 

Encontramos a otra persona, que está ahí, a nuestro lado. Creemos que esta vez es la verdadera. Cuando caemos y levantamos la mano, nadie la agarra. Volvemos a lo mismo de antes. Las heridas en las rodillas y en la barbilla vuelven a abrirse pero tenemos que volver a levantarnos. La dejamos ir. Volvemos a llorar. No comprendemos por qué todos nos abandonan.

Solo lo entendemos cuando vemos a otra persona caer. Cuando vemos cómo alza la mano y las nuestras están en los bolsillos, ocultas. Lo entendemos cuando nos agachamos, ladeamos la cabeza y les sonreímos con cierta tristeza (porque también hemos pasado por eso). Le preguntamos si está bien. Nos dice que sí, que sigamos nuestro camino, que ya nos alcanzara. Y nosotros, como idiotas, emprendemos el camino y esperamos, esperamos a que esa persona llegue pero nunca lo hace. Es ahí cuando entendemos que deberíamos haberla ayudado. Que deberíamos haber dicho que no seguíamos sin ella. 

Corremos, corremos en dirección contraria, buscando lo que nos hemos dejado atrás. En la lejanía somos capaces de verlo. Pero... espera, hay alguien más a su lado. Ya se ha levantado y sonríe, sonríe como nunca lo había hecho. Corremos, esperando que nos perdone y tropezamos y alzamos la mano queriendo que alguien la agarre. Pero comprendemos que esta vez estamos solos, completamente solos. 

Y es que no nos damos cuenta; necesitamos las dos manos para caer, para que sea menos doloroso. Necesitamos estar concentrados en hacernos el menor daño posible. Creemos que lo más seguro es levantar la mano, esperando, buscando ayuda. Pero estamos en un tremendo error. Lo que necesitamos es admitir que caemos y utilizar nuestras dos manos para la caída. Si quiere, la persona que está a nuestro lado solo tiene que agacharse y ayudarnos a levantarnos, no salvarnos de la caída. Ahí está la diferencia. Nos caeremos muchas veces, tantas que ya olvidaremos que duele. Pero debemos levantarnos (con o sin ayuda), sacudirnos el polvo, reír con lágrimas en los ojos y decir: "Pero mira que caída más tonta..."

Tras las estanterías ~ Parte 4 (Final)

miércoles, 19 de julio de 2017

Conforme subían las escaleras del piso, su corazón iba latiendo cada vez con más fuerza. Él iba por delante de ella, guiando todos y cada uno de sus pasos. Dejaba que la bolsa en la que llevaban los gofres se moviese con cierto ritmo y alegría. Sí, parecía bastante feliz. ¿Pero ella? Ella estaba totalmente atacada. Jamás, y cuando decía jamás era jamás, había entrado en la casa de un chico. Los primos y los hermanos no contaban.

El joven se detuvo delante del número 24. Buscó en el bolsillo de su pantalón y sacó las llaves que resonaron, felices de por fin servir de utilidad. La puerta se abrió y él entró, secándose los pies en el felpudo que decía algo así como “bienvenido”. Angélica se quedó totalmente paralizada. Desde su posición podía ver el salón de la casa: un sitio pequeño pero muy cuco a decir verdad. Había un sofá de color crema de dos plazas y varios sillones del mismo color. Una gran estantería se postraba frente a estos. No había televisión alguna. También, desde donde estaba, podía apreciar la cocina diáfana que conectaba con el salón con una pequeña ventana para poder conversar con los invitados.

Jaime dejó las bolsas sobre la encimera de la cocina y la miró desde allí. Una sonrisa se formó en su rostro y Angélica se aferró aún más a su pequeño bolso. No, no podía hacer aquello. Si daba un solo paso más, estaría sentenciandose a una muerte segura. No conocía demasiado a Jaime, ¿y si era un asesino en serie? ¿Un secuestrador de jóvenes? No podía ni imaginarlo…

─No se quede ahí. Vamos, entre.  Juro que no muerdo.

Seguro que sí. No se fiaba de sus palabras. Entonces, si no se fiaba, ¿cómo era que sus pies se movían y estaban entrando en el pequeño piso? ¿Cómo era que su mano se dirigió a la puerta y la cerró tras sus espaldas? No, no. Angélica debía de haber perdido el juicio en aquel mismo instante.

─ Puede dejar la chaqueta en el perchero. Póngase cómoda, como si estuviera en su casa─ le dijo él mientras cogía platos y vasos de un estante que no llegaba a ver.

Como en casa” eso era fácil de decir. Dejó el bolso y la gabardina sobre el perchero y se aventuró a acercarse a la estantería. Sonrió al ver los diferentes títulos de los libros. Paseó su vista por ellos y se hizo una lista de cuáles había leído y cuáles no. Se detuvo ante uno con la tapa azul marino, unas letras doradas sobresalían en el lomo. Paseó sus dedos por el título y cerró los ojos, sintiendo la suavidad del mismo. Aquel libro le llamaba, lo sabía.

─ Ya veo que se ha fijado en ese…─ la voz de Jaime le asustó e hizo que se girase bruscamente. A punto estuvo de tirar una taza de leche. El joven se la ofreció─. ¿Le interesa? Puedo prestárselo si quiere.

─N-no, no hace falta─ agachó la cabeza y miró cómo el líquido se movía formando perfectas ondas.

─ En serio, puede llevárselo. Nunca hay que decir que no a un libro que le llama. Ya me lo devolverá.

Ahí tenía que darle la razón a Jaime. Se acercó a él, quien ya se había sentado en el sofá, y se unió para probar el gofre que habían comprado.  Estaba bastante bueno a pesar de que estuviera un poco frío. No le importó. Ambos comieron en silencio, no era un silencio que se necesitaba cortar en cualquier momento. Todo lo contrario. El silencio era de lo más cómodo y ella lo agradecía; le ayudaba a pensar con mayor claridad. Sin embargo, Angélica ignoraba todas y cada una de las miradas que Jaime le dedicaba, estaba demasiado absorta en su mundo.

─ Estaba rico, ¿no?─ dijo Jaime por fin, echándose sobre el respaldo del sofá. Ella asintió, sus músculos se tensaron y no se atrevió a mirar al joven─. Muchas gracias por lo de esta noche. Jamás pensé que… bueno que usted iba a aceptar una cita conmigo.

─ No hay de qué. Lo he hecho porque se lo prometí, nada más.

─Una pena, ¿no?

El joven se volvió a sentar correctamente, colocándose más cerca de ella. Su mano buscó la de la joven pero ella intentó que aquello no ocurriera. No podía ni mirarle, como para hacer contacto físico con él.

─ ¿Por qué es una pena?─ preguntó ella un poco curiosa.

─ Creí que se lo había pasado bien─ Jaime intentaba encontrarse con los ojos de Angélica.

─ Oh, no me malinterprete, me lo he pasado bien. Muy bien de hecho.

─ Eso creía…

La mano de Jaime se colocó sobre la mejilla de Angélica y, suavemente, fue bajando hasta toparse con su barbilla. La forzó levemente para que ella girase su cabeza. Por fin sus ojos se encontraron. Angélica reprimió un leve quejido. No quería. Aquello no podía estar pasando. Él la manejaba a su voluntad. ¿Por qué no podía rebelarse ante aquel acto? Ella no era así de débil… Nunca lo había sido. Nunca se había comparado con las jóvenes estúpidas que se dejaban mangonear por los chicos chulos y lo colocaba en un pedestal. Entonces, ¿por qué no le paraba los pies? Algo dentro de ella le decía que debía probarlo que, por una vez en su vida, debía ser normal, como el resto del mundo.

Sus labios se rozaron. Podría ser… ¿había sentido algo? No, no, solo era su piel cálida sobre la suya, nada más. Se separó rápidamente, no podía permitir que aquello durase ni un segundo más. Sus mejillas se habían enrojecido y no quería mirarle de ninguna manera. Se negaba a seguir con aquella farsa.

─ ¿Qué ocurre?─ preguntó él, suavemente, colocando su mano sobre el hombro de la joven. Se le notaba algo preocupado.

─ N-nada. Yo… yo no puedo seguir con esto.

─ ¿He- he hecho algo mal?─ siguió preguntando, esta vez su mano estaba sobre su rodilla para que no pudiera levantarse.

─ No, usted es… encantador.

─ ¿Entonces?─ ahora una de sus manos pasaba por detrás de su cuerpo, lista para atraparla si deseaba escapar.

─ Solo quiero irme─ le exigió.

Trató de levantarse pero Jaime tiró de ella para que volviera a su asiento. La calló susurrando que todo estaba bien. Intentó acallarla con besos en el cuello, en las mejillas. Su mano acariciaba su pierna, paseando por ella libremente.

─ Detente por favor─ pero Jaime no hizo caso─. ¡Para!

Le empujó con toda la fuerza que pudo. Él acabó tumbado en el sofá, mirándola con una cara de confusión. Angélica se levantó y se re-colocó el vestido. No sabía por qué pero su cuerpo no quería moverse. Jaime pareció reaccionar.

 ─ ¿Pero qué mierdas te pasa?─ se levantó y extendió sus manos, haciéndose más grande y terrorífico ante los ojos de la joven─. Lo he hecho todo bien. Te he pagado la cena. Te he invitado a mi casa y has aceptado.

─ ¿Y esperabas algo a cambio?─ preguntó con un hilo de voz.

─ Pues… sí─ lo dijo como si fuese algo demasiado evidente.

Se acercó a ella y la  agarró de los brazos apretándolos mientras tiraba hacia él para mantenerla a unos centímetros. Angélica trató de librarse pero ni con todas las energías que tenía lo logró.

─ Solo quiero conocerte más a fondo…─ le susurró sobre su cuello. Un quejido salió de la garganta de Angélica, era lo suficientemente espabilada como para entender que aquella frase tenía doble sentido.

─ Así que todo era mentira─ necesitaba que él se distrajese durante unos segundos para pensar en cómo huir de allí.

─ No todo. Lo de que me gustan los libros era cierto─ le comentó mientras dejaba escapar una sonrisa─. Y lo de que te enamorases de mí.

Angélica frunció sus labios y le pegó un pisotón a Jaime. Este la soltó, quejándose del dolor. Aprovechó para coger el bolso y salir corriendo por la puerta, la cerró. No se detuvo a mirar atrás a pesar de que Jaime salió al pasillo y la llamaba, le pedía que volviera y, al ver que no le hacía caso, comenzó a llamarla de todo menos por su nombre. Ella prefirió no escucharlo.

Salió por fin a la calle y se dirigió a casa. Los minutos que tardaba en llegar le resultaron eternos. Cada hombre era sospechoso, cada grupo era una razón más para acelerar sus pasos.


Por fin, cerró la puerta de su casa y se dejó caer al suelo. Había sido tan estúpida. Había confiado cuando se había prometido que nunca se iba a fiar en una “primera cita” (o lo que hubiera sido eso). Como había pensado; algunos supuestos príncipes resultaban ser más asqueroso que besar a una rana.