Yo también escribo libros ~ Ehud

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Este libro pertenece a la sección: Yo también escribo libros. Entra y descubrela.
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Ehud entró al bar con la cabeza alta. Echó un rápido vistazo. Aún quedaba un par de sillas vacías frente a la barra. El local estaba animado, la gente hablaba en un tono bastante elevado y la música apenas se escuchaba. Se sentó en uno de esos taburetes altos y suspiró, apoyando uno de sus brazos sobre la barra de madera.

─ No solemos aceptar a gente deprimida, ¿sabe?─ le comentó el barman con una sonrisa en los labios.

─ Mire, he tenido una semana dura. Solo necesito una bebida fuerte. ¿Podría servirme en silencio?─ le pidió, pasándose sus manos por su pelo rubio. 

El barman asintió, perplejo. Sin abrir la boca, le preparó lo que había pedido. El rubio aprovechó para volver a inspeccionar el bar. Había varias mujeres, algunas ya hablaban con hombres de manera acaramelada y otras se reían con sus amigas pasándoselo en grande.

No se le escaparon aquellos ojos marrones que le miraban. No podía evitarlo, tenía una aura que atraía a bastante gente, más de la que le gustaría. Cogió su vaso y lo miró con detenimiento, observando con mucho interés cómo flotaba el hielo.

Esperaba que no se acercase. Esperaba que no empezase una conversación con él.  Lo último que necesitaba era tener que rechazar a otra joven. Bueno, podría pasar cualquier cosa. No pensaba ponerse barreras esa noche.

Por el rabillo del ojo, pudo apreciar que la chica se había sentado a su lado. Fingía que había ido a pedir otra copa y se quedó esperando. Quería que fuese él quien empezase la conversación. Sonrió. Chica lista. Así la culpa era luego de una sola persona y de nadie más. Le dio un trago largo a su bebida.

─ Y otra para este hombre. Póngalo en mi cuenta─ comentó la mujer terminando la frase con una risita.

─ No necesito que me inviten─ le respondió él sin apartar los ojos de su vaso.

─ Puesto que ni se ha dignado a mirarme, estoy segura de que sí lo necesita─ la chica giró en su silla para quedar frente a él y bebió de su elegante copa.

─ ¿Invita a todos los caballeros que no la miran?─ la imitó y ambos se miraron de frente por primera vez. Ella asintió con una sonrisa en los labios─. Es bueno saberlo.

En realidad, no estaba de humor. Ni siquiera sabía cómo ligar aquella noche. Cupido debía estar riéndose de él en ese instante. Se estaba engañando a sí mismo, la estaba engañando a ella. Sí, se acababan de conocer, ni siquiera sabía su nombre, pero eso no quitaba que no pudiese engañarla.

─ Sea sincera, ¿qué busca de mí?─ le preguntó, terminando con su primera copa.

─ Lo mismo que usted quiere de mí─ pretendió ser graciosa, hacer que el cuerpo del hombre temblase por la anticipación pero no lo consiguió.

─  Está bien. Dejemos las cosas claras: soy un hombre que ha hecho cosas malas en la vida. Estoy enamorado de una chiquilla a la que le doblo la edad y, encima, tengo que acatar órdenes de personas a la que desprecio porque si no me matarán o algo peor. ¿Sigue queriendo lo mismo?

─ Parece interesante─ comentó tras un largo silencio─. Pero mire el lado positivo, yo también soy una chiquilla.

Ehud apartó la vista y sonrió. Aquello sí que lo había sorprendido. La chica se había levantado y estaba bastante cerca. Se bebió la copa que ella le había pagado de un tirón y se pasó la manga de la camisa por la boca, eliminando los restos de alcohol. ¿Qué más daba? Nadie iba a saberlo. Quizás así se olvidaría de todos los problemas que le martilleaban la mente incluso en esos momento en los que necesitaba dormir.

─ ¿Solo una noche?─ le preguntó el rubio, levantando una ceja.

─ No he pedido más. 

El que salvó mi alma

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Bajó las alas dejando que tocasen el suelo, que arrastrasen por él a la par que sus pies iban hacia delante. Hacía tiempo que habían perdido su color verdadero. Hacía tiempo que ya no era blanco puro. Se habían manchado con el paso de los meses. Ahora era blanco sucio. Sucio. Como su alma. ¿Había dejado de ser lo que era?

De todas formas, nadie podría verlas. Nadie veía el esplendor de sus hermosas alas porque él no lo permitía. A los ojos de los demás, solo era un simple humano. Un humano cubierto de sangre.

Notaba cómo el líquido caía de su nariz y de su labio, bajando lentamente. Sentía un fuerte dolor en su pómulo izquierdo y en su ojo derecho así como en las costillas y en una de sus piernas. Seguro que su aspecto era patético.

Podía percibir cómo los demás se apartaban a su paso, temiendo que fuese alguien malo. Un ser que había salido del inframundo para robarles, secuestrarles o matarles. Estaban demasiado lejos de la realidad.

¿Cómo había acabado allí? ¿Cómo había dejado que la humanidad lo convirtiera en… eso? Él había sido el ser más perfecto de su raza. Él había estado en lo más alto y ahora, ahora estaba en lo más bajo.

Hizo una mueca al notar cómo alguien pisaba sus alas sin darse cuenta. Dolían. Desde hacía unos cuantos días, estaba sintiendo su peso, como si fuesen unas cadenas que no le dejasen respirar. Era absurdo. Sus alas nunca le habían pesado como ahora. Habían sido ligeras, perfectas. Lo único que deseaba era que se las arrancasen. Dolería mucho pero no veía otra solución diferente.

Y todo había empezado por el único defecto que le caracterizaba: la curiosidad. Él había observado a los humanos desde lo alto. Quería conocer qué pasaban por sus cabezas para iniciar una guerra o para regalar un beso… Quería saberlo y, sobre todo, quería sentirlo.

Alguien como tú no sobreviviría ni dos días”. Uno de sus hermanos había sido tremendamente claro con el tema. Todos se negaron cuando les comentó la idea. Él quería bajar, ver lo que habían creado con sus propias manos y sin ayuda de un ser superior.

Quizá tenían razón. Quizá nunca lo entendería. Él no estaba hecho para ese mundo. Él solo era un “pringado”, alguien que no servía ni para freír patatas en ese sitio de comida rápida. Entonces, ¿por qué seguía allí? ¿Por qué seguía peleando, protegiendo a los humanos de males que ni ellos mismos podrían imaginar? ¿Por qué seguía cubriéndose de sangre día tras día?

A lo lejos vio el restaurante, ese había sido el primer sitio que había visitado al bajar a la Tierra. Suspiró y miró un reloj digital.

Las doce y media. Trece grados. Exposición de autor “Chobasqui” del tres al seis de febrero en el museo de arte contemporáneo. Doce y media”. Fue lo que leyó. Aún era temprano.

Se pasó la manga del abrigo por la cara, intentando limpiar su propio desastre. Pudo ver su reflejo en la ventana de un autobús. Había sido cruel. Había sido egoísta. Estaba empezando a no encontrar el sentido de su viaje ni siquiera de su existencia. Él no era nadie. Él era solo un alma que se había tomado prestado el cuerpo de alguien a quien desconocía. No sabía qué había sido en vida pero había averiguado que no tenía familia ni amigos que lo echasen de menos. Realmente, solo le había hecho un favor.

Cruzó la calle y se acercó con lentitud al restaurante. No sabía por qué las manos le sudaban ni por qué tenía una opresión en el pecho. No lograba entenderlo.

Entró. El restaurante estaba lleno. Se notaba que no era uno de lujo pero tampoco terminaba de ser una auténtica pocilga. Estaba limpio… más o menos. Entonces le vio. Estaba de espaldas a la puerta, con la vista agachada y contemplando la carta. Seguro que no sabía qué quería comer.

Se acercó, a paso lento, como si temiera molestarle. Se sentó enfrente de él, cerrando los ojos y descansando por unos segundos. 

─ Hace tiempo que no sabíamos nada de ti…─dejó la carta sobre la mesa y cruzó los brazos─ ¿Pero qué mierda te ha pasado? ─ parecía preocupado. Realmente preocupado.

─ Esto es un día normal para mí─ le respondió, intentando quitarle importancia.

Abrió los ojos para mirarle. Pudo ver cómo su pelo rubio ceniza estaba un tanto revuelto por el viento de la calle. Su camisa de cuadros rojos y negros se le ajustaba a los brazos y la barba le había crecido un poco desde la última vez que lo había visto. Se sentó como la sociedad humana había decidido que era correcto y se enfrentó a sus ojos esmeraldas que le interrogaban duramente.

El ángel empezaba a comprender que lo que había pensado con anterioridad no era del todo cierto. La humanidad no estaba del todo perdida y aún necesitaba ser salvada. Aunque él no fuese el indicado para ello, lucharía con todas sus fuerzas para defenderla.

─ ¿Estás bien?─ le volvió a preguntar, esperando una respuesta que le satisficiese.

─ Ahora sí─ le dijo y, por primera vez en lo que llevaba de semana, sonrió de verdad.

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Créditos imagen: Celia Ruíz García

Yo también escribo libro ~ Neha

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Este relato pertenece a la nueva sección: Yo también escribo libros. ¿A qué esperas para echarle un vistazo?
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11 años antes de que empiece la historia
El insecto revoloteó por la clase del colegio. Los niños estaban en su momento de descanso y jugaban sin percatarse de los planes del bicho. Estaba exhausto de volar, solo necesitaba un sitio donde reposar por unos segundos. Fijó objetivo y se dirigió hacia él. Ya le quedaba poco, muy poco.

Cassie estaba sentada en el suelo, con los brazos cruzados y mirando fijamente al niño que le había quitado el juguete… SU juguete. A pesar de que había mucho, no quería otro. No le gustaban las sobras. Entonces lo sintió, algo en su brazo. Bajó la vista para encontrarse con el espantoso animal que había decidido descansar allí. Gritó. Gritó y se levantó, agitando el brazo.

─ ¡Quítamelo! ¡Quítamelo!─ pedía mientras los demás se reían de su actitud.

Una mano detuvo el movimiento de su brazo. Miró a la niña rubia que la había detenido. Sus ojos chisporroteaba. Tenía una sonrisa en el rostro y un vaso de plástico en su mano libre. Le pidió silencio, con el poco aire que salió del hueco donde debería haber un diente. Poco a poco fue acercando el vaso hasta el insecto.

─ No. Te. Muevas─ dijo con toda la concentración que pudo.

Atrapó al bicho en el vaso y, antes de que pudiera escaparse, cerró la única salida con un trozo de papel. Cassie la miraba, con los ojos muy abiertos y parpadeando más veces de la que debía. Miró al horrible monstruo a través del vaso de plástico. El ser vivo intentaba salir de allí, se pegaba contra las paredes y descansaba en el papel cuando veía que no lo conseguía.

─ ¿Estás asustado, amiguito?─ le preguntó su salvadora al insecto.

Aquello era una locura. Una niña hablando con un bicho ¡Si eran feos! Tenían esos ojos negros y esa boca extraña. Las patas y las antenas... Solo de pensarlo un escalofrío recorría su espalda.

La chica pedía paso a sus compañeros, ellos se apartaron, sin dejar de mirarla. Todos tenían curiosidad por ver cuál sería su siguiente movimiento. Ella abrió la ventana y colocó el papel y el vaso sobre el alféizar.

─ Ya no te molestarán más aquí─ dijo justo antes de destapar el papel. El insecto voló rumbo hacia la libertad, pensando en la buena suerte que había tenido y en la mala idea que se le había ocurrido─. Ya está.

Hizo un gesto como si se limpiase las manos, como si hubiese sido una tarea difícil. Se acercó hasta Cassie y le sonrió, sentándose en el suelo y atrayendo un puzzle hacia ella.

─ ¿Quieres hacerlo conmigo?

Cassie la miró, con un poco de recelo. Lo cierto era que le había impresionado su valentía y, también, el hecho de que quisiera compartir su juego y su tiempo. No lo dudó más y se sentó enfrente de ella. Le sonrió.

─ Has sido muy valiente─ no vaciló en decírselo─. Yo no habría podido.

─ Solo es un animal. Tenía más miedo él que tú─ la chica se encogió de hombros al ver que Cassie ladeaba su cabeza─. Es lo que siempre dice mi abuela.

─ Pues ahora te debo una─ sacó las piezas de la caja y comenzó a ponerlas boca arriba.

─ Me vale con que seas mi amiga─ le dijo, dejando de ordenar y mirándola.

─ Está bien─ se puso de pie y colocó sus brazos en garra─. A partir de ahora seré tu mejor amiga y nada ni nadie- ni siquiera un bicho asqueroso- podrá separarnos.

─ Vale─ se rio ante esa exageración mientras seguía con su ardua tarea de buscar las esquinas del puzzle─. Soy Neha.

─ Lo sé. Y yo soy Cassie─ volvió a ponerse manos a la obra. Debían acabarlo antes de que volviesen a empezar la clase. 

─ Lo sé.

 Ambas se miraron y sonrieron siendo inconscientes de que un simple bicho había conseguido unirlas y de que ya sería muy difícil separar ese lazo que las mantenía juntas. 
Mientras Cupido Dormía

Te sigo esperando

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Jamás llegarás a entender este dolor. Jamás sabrás qué se siente al ser traicionado por un ser al que amas. Te diría que espero que lo entiendas y que sufras lo mismo pero yo no soy así, esa no es mi naturaleza. 

Lo sé, sé que a veces no me he comportado de la forma más adecuada pero tu mundo y el mío no es igual. Lo siento pero mi moralidad es muy diferente. Aunque empiezo a dudar que tengas algo bueno dentro de ti. ¡Qué estupidez! A pesar de todo, te sigo esperando. 

La lluvia me pilló por sorpresa así que tuve que buscar un cobijo. Me siento en el suelo y miro las gotas de lluvia. Miro cómo las personas entran y salen cargados de bolsas. Me he refugiado cerca del supermercado al que siempre vienes. Espero a que vuelvas. ¡Ahí estás! Ah, no... Me he vuelto a confundir. 

Aun no entiendo por qué me gritaste. Aun no entiendo por qué me pegaste ni por qué me arrastrarse hasta la calle. Ni siquiera te giraste para observarme una última vez o para arrepentirte de lo que estabas a punto de hacer. Y yo allí, mirando cómo te marchabas sin entender lo que hacías. Sinceramente, sigo sin entenderlo. 

No se me olvida: tienes que volver, vas a volver. Lo sé, lo siento en mi interior. Seré capaz de perdonarte porque eres lo más importante que hay en mi vida. Mientras, me dormiré en este frío y húmedo suelo. Despiertame cuando vengas a buscarme. Te prometo que todo va a volver a ser como antes, como los buenos tiempos. Nunca han sido malos en realidad, solo es un pequeño bache. 

Así que, por favor, no tardes. Yo te seguiré aquí, esperándote. 

Atentamente: tu perro